En el día de autos se perdió la vergüenza nada más abrir la boca, nada más pedir lo imposible por impulsivo, nada más cruzar la línea que divide la acción de la reacción y hace saltar todas las alarmas. Pasaron dos, tres y hasta cuatro tiempos para que hubiera un motivo por el que cortar la cuerda, reconstruir la margarita y volverla a colocar en el sitio donde había aparecido. Las llaves del candado, las puntas sobre el banco, las tizas en las rocas o las cartas sin perfume pasaron al cajón de los desastres, el que ya no sabes qué hacer con él ni tienes claro qué lugar ocupará en tu mesita de noche. Se siente la nada, es como esa figura, como un jarrón chino que en teoría tiene valor, que lo has pagado caro pero no eres capaz de saber para qué coño se utiliza, que simplemente está ahí presente porque sí, porque hay cosas que no se pueden quitar de en medio mirando para otro lado. Es como una uña que, quieras o no, la tienes, que sin pensarlo la cuidas un mínimo porque te ha acompañado. Y creo que no encuentro más razones.
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